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Hoy ha sido un día agotador y a la vez victorioso.
Inventé al principio de este curso que realizáramos el Domingo Familiar después de dos años sin hacerlo. Se trata de una verbena, con venta de comida, juegos, actos culturales, bingo etc, para recaudar fondos para el mantenimiento de nuestras instalaciones.
Solía ser de los acontecimientos más importantes de nuestra institución, pero dejamos de hacerlo por la situación económica: normalmente cada familia debía aportar los platos de comida que iban a venderse, debido a la situación económica del país veíamos muy difícil que pudieran colaborar de esa forma otra vez.
Pero yo sentía la urgencia de recuperar ese espacio porque para la gente de nuestro barrio, sobre todo las mujeres, las oportunidades de esparcimiento son escasas y el Domingo Familiar siempre ha sido una especie de tregua en la tragedia cotidiana. Así que propuse hacer negocio con la gente que se dedica a vender comida y decirles que pusieran su stand a cambio de un porcentaje mínimo. No obtendríamos mucho dinero pero tampoco tendríamos pérdidas.
Las cosas se fueron dando poco a poco, reaparecieron para ayudar antiguos exalumnos que eran parte de un grupo de teatro (y me recordaron por qué ya no quiero volver a hacer teatro con ellos) y todos los maestros mostraron un nivel de compromiso que fue hermoso.
Vino tanta gente que no se podía caminar. No llovió (Dios hizo bien su parte), y tuvimos más actividades que otros años.
Nos hemos jodido todos trabajando como locos. Con alguno que otro grito histérico y momento de tensión, pero, en general, la actividad que parecía imposible y una mala idea se ha logrado. Así que lo que les dije a los representantes en la primera asamblea parece haber sido bien recibido: "No nos podemos rendir ante la adversidad, tenemos que devolverle a nuestros niños algo de normalidad, ellos notan como todo se desquicia a su alrededor y no lo saben asumir. Vamos a recuperar espacios y mostrarles que la vida es posible vivirla humanamente" O algo así...
Pues lo hicimos.

Pero... la casa del terror espantó mucho a algunos niños y me da cosita recordarlos llorando y temblando. La próxima vez le diré a los profesores que se encarguen, los exalumnos son unos bestias: me llamaron necia por insistir en la seguridad y por estar deteniéndolos cada vez que inventaban cambiar lo que no hacia falta: casi me hechan a perder una lampara de luz negra. Ellos no veían la totalidad del asunto, la larga fila de gente impaciente por entrar, el peligro de que alguien se cayera si lo hacian salir corriendo al final, etc. Yo tenía una idea más sofisticada de cómo provocar miedo ellos iban a lo bruto: empujones, gritos, bullying...

Al final los dejé a su aire y me largué a comer pizza.

Así que dentro de mí siento satisfacción porque se logró lo que quería y a la vez frustación porque me he jodido como nunca por esos imbesiles y van y me llaman necia. Y luego una profe va y me grita que la dejaron sin comer cuando yo no era la encargada de apartar la comida de los maestros.

Me encargué de cosas que otros años se han distribuidos entre tres personas. Soporté un mes de angustia y pasmo por mi miedo a las responsabilidades. Tuve que hablar con gente desconocida, escribir cartas, entrevistarme con franquisias de comida, que luego nos embarcaron a última hora, acostarme agotada toda la semana pasada y hasta me pregunté porqué demonios inventé hacer esta actividad si nadie tenía esperanzas de volver a hacerla.

Pero así soy yo. Cuando sé que algo debe hacerse me siento obligada a hacerlo, digamos que me lo tomo como que Dios está esperando que lo haga. Por otro lado, suelo escuchar a la gente y escuché a muchos decir: "Ya no hacen esto o aquello en el colegio" "qué bonito era aquello... " "Se acuerda de cuando..."

Y sí que me acuerdo. Me acuerdo que dos de los exalumnos, que participaron en la primera casa del terror hace seis años, murieron hace poco. Uno se suicidó hace unos años por idiota, porque el que te deje una novia estúpida e inmadura no es razón para lanzarte por una ventana y dejar a toda tu familia y amigos heridos. Y al otro lo mataron y lo echaron a la basura. No importa qué hizo para buscarse esos enemigos, cargaba con una historia de abandono y frustración que ponerse a juzgarlo es una necedad.

Así que, esto ha sido un: "Vamos a dejar lo triste atrás, me niego que la desgracia tenga la última palabra. El año pasado sufrimos mucho con tantas muertes, miseria y desastre nacional, es tiempo de levantar la cabeza".

Tengo comprobado que cada cosa que quiera hacer va a llevar una cuota de problemas, de diversa intensidad, que tendré que enfrentar. Pero las cosas hay que hacerlas. Este día familiar fue para recordar que podemos vivir con paz y alegría y la verdad es que en cada paso que dimos para llevarlo a cabo quedó de manifiesto que eso sólo se logra con paciencia, tolerancia, sacrificio y fe. Fe en Dios que no deja de secundar nuestros pasos y fe en nuestra propia capacidad de traer a la realidad lo que era una simple idea. Por algo somos seres humanos, su imagen y semejanza. Además, si nunca me ha fallado el Gran Jefe, y siempre me he salido con la mía, ¿por qué paralizarme tanto ante cualquier reto?

Así que dejaré la sensación de frustración por lo que no salió como quería y me quedaré con que logramos hacerlo y salió mejor de lo que esperabamos.

En el fondo quiero una medalla por haber rescatado esta actividad. Pero, si me pongo a analizar el asunto, resulta que hasta el más antipático y desmotivado de mis compañeros de trabajo hoy colaboró lleno de alegría. Así que la medalla se la tengo que dar a ellos por poner lo mejor de cada uno al servicio de todos.

Y, bueno, sí, debo dejar de lado lo autosuficientes que son ahora y agradecer a los exalumnos que se han pasado el día disfrazados, encerrados en un cuarto oscuro y gritando como locos, aunque me llamaran necia... ¡Necia su mad...!

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